Por primera vez, ella renegó de tener ese perfecto sexto sentido y entregarse a la realidad. No fue mentira. Lo vio. Lo vio y la esperaba en la esquina. Él, con un gran gesto que resonaba en su mirada, la estaba reprendiendo: exigía una explicación. Ella, a pocos metros, solo quería despertar.
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Estaba intacta, aún. Empezaba su voz a quebrarse mientras imitaba gestos para terminar una conversación. No tenía idea de lo que ella estaba haciendo. Cuando perdió la batalla, no supo si de verdad había muerto.
Él, siguió esperando.