viernes, 25 de septiembre de 2015

Estar



1

Añoraba terriblemente sus brazos, su consuelo y protección me miraban a lo lejos, yo lo esperaba; tenía miedo.

Estuve sola en ese momento, éramos el resto de mi vida y yo; desesperada y ansiosa; despesperada y desprotegida, colindaba el miedo y yo no sabía a dónde escapar.

2

Yo lo observada. No lo creía, pero ahí estaba. La felicidad que lo abordaba reflejaba en mí esa necedad por escapar, por dejar de vivir. No me permitía su presencia. Tenía miedo.

Me dolía muy fuerte. Era cada punzada las que me rompían el estómago; el estómago y la garganta; la garganta y mi voz; mi voz y mi alma. Me dolía. Yo no sé qué sentía.

3

En ese camino tan amplio, nadie estuvo sólo, las palabras eran frías y el tiempo se arrastraba entre mucho barro y piedras, estaba débil y cada segundo moría de pena; yo también sufría, el tiempo se llevó mi vida, me dejó con vida, yo quería morir.

4

Cada palabra que salía de mi boca, de mis labios, con mi respiración; yo siempre busqué la verdad. Yo ya no estaba ahí; debía correr.

Dentro de mí sonaba cada vez esa historia tan chillona, esa que me producía aquella sensación tan horrible, tan penosa también. Yo, por momentos, sólo quería correr.

Destilaba orgullo, mi cerebro no concebía que la madre de las desdichas perdone tal desaire. El mundo está al revés y yo soy de agua; yo me desvanecía, dentro de mí nada tenía vida, yo quería correr, otra vez.

5

Hacia frío, yo creía de nuevo que la suerte aparece sólo en cada solsticio de verano, que debemos esperar y aprender de ese presente negado, de ese pasado sin sombra, de ese futuro concebido; hacía frío y yo tenía miedo, yo morí.

6

Cuando volví a respirar, recordaba con pena aquella necedad por contemplar su paz, su tranquilidad, aquella estrella que lo vigila muy de cerca; sentía que yo no tenía una; me sentía perdedora, yo jamás estuve viva, yo jamás estuve viva; yo siempre quise estar ahí.

M