sábado, 14 de enero de 2012

Correr


Ya se sentía cansado. Había corrido toda la mañana y  aún no sabía dónde podía detenerse.
-Me van a matar –repetía cada vez-. Si no huyo de aquí, estoy seguro que me van a asesinar.
Durante todo el tiempo que él usó para escapar, Juan recordaba todas y cada una de las hazañas que había realizado.
-Yo los ayudé, malditos. Son unos malagradecidos. Toda esta mustia de gente son unos mal nacidos.
Llevaba ya 5 años trabajando en ese pequeño pueblo.  
            
Mapache.

Débil Cristal De Cuarzo

Cuando derramó la primera sonrisa, aquella inocencia tan sutilmente maquillada, empezó a resultarle exitante. En el transcurso de los días, una bella imagen de padre protector de su siguiente primera virgen, le produjo un sesgo de razón.

"Mira, pequeña. Esto es lo que te va a pasar...". Silvia había interiorizado aquella introducción de diálogo y todo lo que restaba indicar. Su mirada reflejaba incoherencia pura por momentos. Apática resonaba su voz cuando decía "Sí, la yo sé...". 

Durante esas tardes de verano, la laguna mental de Sylvia había empezado a desembocar en dos flujos; la cordial razón y la estupenda ilusión. La galantería de un hombre debía resonar en un respeto fino. Ella sí entendía eso; lo que aún comprendía era su momento.

- Como siempre, el tratará de embelesarte. Suele suceder, pero todo será mentira. No habrá suceso más cruel que aquel, donde te estás aproximando.

Los días acaban a las 00 horas del día siguiente siempre. La majestuosidad de un pavo real era lo más mágico de un simple esclavo de la lujuría. "Él no se va a ir. Estará ahí, esperando paciente...".

Cuando el alba acompañaba la delicada serata, la luz de sus ojos siempre rescataba la ingratitud de su vida. Sylvia, por el contrario, solo buscaba una cálida compañía que le inyecte dosis de atención y cariño. A veces, ella quería deshacerse de las más obvias e indignantes pasiones; otras, tan solo quería vivir.

-¿Sabes qué sucede? Te has ilusionado; y de un patán.

Muchas personas pueden facilitar un aprendizaje de este tipo; sin embargo, la puntualidad de ciertos esquemas que se presentan a lo largo de este bagaje de experiencias, están viciados de contenido teórico que solo la realidad concreta llega a intersecar. Nunca interceptar.

Como asumirimía luego de un tiempo Sylvia; "ningún punto tangencial ameritará el correcto análisis de la superficie en contacto".


 Mapache.



Vivirás eternamente


I. Como vida sin agua.

Siendo las dos de la mañana, Camila llamó por teléfono:

- Todavía no llega.

Su voz era calma y no reflejaba aquel lazo tan fuerte que su alma hubo reconocido hace un tiempo.

- No pretendo esperar más. Me voy.

Sentí que una corrIente fría estrangulaba mi garganta. Ella estaba a punto de partir y yo, sentada en el pequeño sofá de mi habitacion, atiné a llorar silenciosamente. La quietud del alba que aún llegaba, me imploraba por momentos, cada vez más fuerte, "hoy aprendiste a perder..."


II. Respirando humo blanco.

- Qué crees que significa para ti que haya llegado el medio día y tú no hayas concluido con tu parte del trato?

No podía abrir los ojos. El plomo que desbordaba de ese viejo pistón; ese que Norman usaba desde que tiene memoria, había consumido mis neuronas. Pepa fugó mucho antes de que él llegara. Yo, aún podía abrir los ojos.

- Quítame esa pistola de la cabeza, Norman. No te diré nada hasta que te calmes.

Norman, el hombre más viejo del clan; era también el que más problemas tenía y a veces su experiencia no le indicaba más que obedecer.

- Te crees muy lista, no? Levántate, mierda! Shujey está hirviendo de cólera. Sara está muerta ya.

Nunca me sorprendió que la asiática loca tuviera al anciano de ese humor. Él ya le había vendido su alma. Ella le daba solo tierra.

- Oye Norman. Tu no entiendes, no? No te das cuenta que yo ya no tengo la culpa? Pepa nunca fue legal.  Te engañó, nos engañó. A caso eres...

Dos disparos le atacaron el pecho y la sien. Norman, indignado, gritó "perra falsa traidora". Su inconsciente buscaba más acción, pero todo hubo terminado cuando recordó a Sara muerta también.


III. Repitiendo silenciosamente.

- Déjame pasar.

- Dame santo y seña, preciosa. Un besito para Danilo también.

- Te voy a reventar el estómago a balazos, imbécil. He dicho que me dejes pasar.

- Mira muñeca. Si no me hablas bonito, la que aquí va a pagar caro es otra...

A punto de sacar el revólver, un hombre aparece. La mira fijamente. La reta.

- Déjeme pasar.

- Shujey sabe que has venido.


IV. Aún en invierno.

Derramaba sangre y vergüenza en cada paso que le obligaban a dar. Faltaba tan poco para que la cargasen; el orgullo de la más grande la colgaba de un hilo. Shujey no la pudo reconocer. Luego, cerró los ojos.

- Te crees muy listo, no?

- Te lo juro que yo ni la toqué. Te lo juro, reina. Te lo juro.

- Calla, bastardo! No te das cuenta que es una excusa para deshacerme de ti? Ya no me sirves. Ya no te quiero a mi lado.

- Reina. Reina yo no tengo la culpa de nada, reina. Rei...

Cayó de nuevo ese manto frío a lo lejos. Las ventanas estallaban en hechos que jamás serían descubiertos.

- Llama al inepto de tu hermano. Recoge a tu padre y  limpia la mugre de mi sala. Esas zorras han sido una carga muy grande para mí.

- Norman dejó la lista de las nuevas, reina. Yo me ocupo de eso.

- Muy eficiente, cachorro. Te pareces mucho a tu padre.

La luz congeló su bella sonrisa inescrupulosa. Sus ojos codensaban una paz quieta; sin razón.

-  Mañana quiero todo en orden. Buenas noches, bebé.

- Buenas noches, reina.




Mapache. 



Regazo

Contemplaba mi reflejo;
El brillo del mármol acariciaba mi rostro.

Palpaba mi vida con cada campanada;
Todo era oscuro, y la luna estaba ciega.

Bellas alas quebradas;
El sol nunca más salió.




Mapache.

Carol

Yo toqué la puerta. Carol me abrió. Descubrí sus ojos ya vidriosos. La lágrimas no cayeron, pero para mí, ella me decía que había escupido su orgullo.

-       ¿En qué piensas?, pregunté a Carol.
-       En lo que me pasó hoy pues, Anita. Nunca me había sucedido.
-       A José, ¿le vas a decir?
-       ¡¿Estás loca?! Estoy segura que le dirá a papá…

Siendo las 5 de la tarde, Carol aún salía del colegio. Papá me cogía muy fuerte de la mano. Estaba muy molesto. Yo, por momentos creía que ese día me iba a quedar manca. “No nos vamos a mover de aquí hasta que tu hermana llegue”, dijo mi padre. Yo asentí.
Cuando Carol llegó, no pude contener las lágrimas. Solo hoy he podido imaginar todos los sentimientos que aparecieron en la memoria de mi padre ese día. La cogió del brazo. A mí, no me soltaba. Nos fuimos. Llegamos a casa. Atiné solo a correr a mi dormitorio. No vi más, ni quise escuchar tampoco.


Mapache.

Había llegado el sol en invierno; luego del ocaso, todo sería de nuevo penumbra


Había llegado el sol en invierno; que la vida es un misterio y que todos somos escultores de la realidad más abstracta que existe en el pensamiento; aquella que usas para vivir.

Oraciones apáticas que predicabas en cada posta; nada era tan verdadero como la cruel certeza de saber que eres humana y débil. 

Había llegado el sol en invierno, el granizado tan denso había ya picado tu dócil piel; estabas intacta, aún. Había llegado el sol en invierno; nuestros sueños volaban sobre una neblina frígida; era tu droga, te hundías y vivías cada día más perdida en un oscuro recelo por huir; era sublime y tóxico; era verdad. 

Había llegado el sol en invierno; una suave cortina de paz corregía aquellas huellas erróneas; pisadas temerosas; caminos inconclusos; las elevó. Ese mar de donde nace vida los disipó. 

Había llegado el sol en invierno, descubres en cada campanada, luego que el alba se deja ver; que en invierno nunca hace calor.
  
Mapache.

Laguna

I.

               -    El burro está molesto –decía muy asustada-. ¡Ten mucho cuidado! ¡David!, -gritando-. ¡Ven acá y ayúdame con el burro!
Daba manotazos y palmadas al sofá más grande y antiguo de la casa. Ese de madera muy fuerte, de tela roja y aterciopelada. Ese que ya no está; no recuerdo porqué.
     -   Abuelita -me acercaba sigilosamente mientras ella miraba a otro lado-. Abuelita, ¿cómo me llamo yo?
Miraba su rostro, sus gestos. Veía como golpeaba y trataba de calmar al burro. Me miraba y no me miraba. Sus ojos ya no veían. Una nube gris no la dejaba ver. Me veía. No me veía. Yo sí la veía.  
                   -    ¡Llama a Cirilo! ¡Tenemos que amarrar a este burro!
        -  Abuelita, acá no hay ningún burro –me sentaba a su lado y trataba de apaciguar su desesperación. Abuela, ¿cómo me llamo yo?
A partir de un momento, las conversaciones se tornaron casi iguales. Yo sentía miedo. Nunca la pude observar a  detalle. Lo que más recuerdo de ella, es un andador de cuatro pies y color marrón, una silla de manera, y ella, detrás, caminando por el pasadizo.
No me recordaba más.
    -       ¡Esteban! Esteban… Mamá Juliana. ¡Ven, mamita! ¡Ven!
Mis sentimientos eran rotos cada vez que la veía gritar. No sabía como controlarla. Pasaba yo por la sala. Pasaba por su costado. Pasa solamente y luego, no la veía más. La ignoraba; otra vez, tenía miedo.

II.

Todos decían que la edad avanzada la había consumido. Que sus lagunas mentales era irremediables.
Yo tengo una teoría: cuando la vida llegar a su cima, es momento de bajar.  Cuando bajas, lo haces de a pocos: recuerdas buenos momentos, malos también.
Progresivamente, personas de un tiempo pasado vienen a saludarte, a augurarte una vida plena y placentera. Nuestros seres amados se alegran tanto de nuestro ascenso que nos vienen a ver. Nos dan ese amor tan incondicional y noble, ese que habíamos carecido desde hace mucho.
Antes de que mi abuela se apartara de nosotros, recuerdo mucho sus llamados tan penosos a sus padres. Ella estaba a punto de llegar a la sima.
Lo que ella no sabía era que nosotros queríamos conocer lo que ella sentía. Queríamos vivir, y vivir con ella.

III.

-       Él ya se está despidiendo –me decían-. Cada vez que viene, se encierra con ella. No la para de mirar. Para él es una cruel verdad; para ella, una exhaustiva mentira.
Era inevitable querer estar al margen de todo esto. Había momentos en que no me permitía verla. No entendía el significado de sus palabras, de sus acciones. No quería abrir los ojos; para mí: nada estaba pasando.

IV.

          Cuando aquel manto blanco se posó sobre sus ojos, su cuerpo se hallaba mejor que antes, su respiración estaba cada vez más lenta; y su corazón estaba muy sensible por tanto recorrido; tanta vida, tanto amor y  tanto odio.
-       Cuando volví, ya ni estaba. No sé que qué momento pasó –decía sollozando-. Era la primera hora de la mañana. Me  fui por un momento. Creo que en ese instante, ella se estaba yendo.
Volví luego al cuarto; su cama estaba vacía. Ya no sentía esa aura triste y cansada. Había luz, pero ella no estaba.

V.

A veces reaccionaba, y la mayoría de veces, el tiempo siempre me daba la razón. Yo crecía, pero mis ojos permanecían sesgados. Cuando ella venía a verme, sentía miedo. Ella se sentía triste porque yo no la quería ver. Se iba.
Era muy pequeña cuando me di cuenta que la conocía, que conocía a tanta gente; que esas personas habían vivido tantos años.
A veces la veo sentaba en mi sala, y la recuerdo cuando se quejaba de las moscas que la molestaban, o de que no la acompañaban. Yo no la podía acompañar. Tenía miedo, mucho miedo.
     Luego, me di cuenta que no la volvería a ver…

VI.

            Es difícil caminar atado, esclavizado; llena de amor y mucho deseo de superación. Es muy fácil rendirse cuando no sabes mucho, cuando agachas la cabeza y crees que la vida es solo para vivirla: si has nacido vivo; es para vivir.
La extraño mucho, y más cuando recuerdo que no hubo tiempo para crecer con ella.
La quiero ver y ya no está. Debo decir que estoy muy orgullosa; que todos los días me siento igual a ella. Que si frustramos nuestros más grandes sueños, es para vivir y realizar otros más grandes. La unión hace la fuerza.


Mapache.