I.
- El burro está molesto –decía muy asustada-. ¡Ten mucho cuidado! ¡David!, -gritando-. ¡Ven acá y ayúdame con el burro!
Daba manotazos y palmadas al sofá más grande y antiguo de la casa. Ese de madera muy fuerte, de tela roja y aterciopelada. Ese que ya no está; no recuerdo porqué.
- Abuelita -me acercaba sigilosamente mientras ella miraba a otro lado-. Abuelita, ¿cómo me llamo yo?
Miraba su rostro, sus gestos. Veía como golpeaba y trataba de calmar al burro. Me miraba y no me miraba. Sus ojos ya no veían. Una nube gris no la dejaba ver. Me veía. No me veía. Yo sí la veía.
- ¡Llama a Cirilo! ¡Tenemos que amarrar a este burro!
- Abuelita, acá no hay ningún burro –me sentaba a su lado y trataba de apaciguar su desesperación. Abuela, ¿cómo me llamo yo?
A partir de un momento, las conversaciones se tornaron casi iguales. Yo sentía miedo. Nunca la pude observar a detalle. Lo que más recuerdo de ella, es un andador de cuatro pies y color marrón, una silla de manera, y ella, detrás, caminando por el pasadizo.
No me recordaba más.
- ¡Esteban! Esteban… Mamá Juliana. ¡Ven, mamita! ¡Ven!
Mis sentimientos eran rotos cada vez que la veía gritar. No sabía como controlarla. Pasaba yo por la sala. Pasaba por su costado. Pasa solamente y luego, no la veía más. La ignoraba; otra vez, tenía miedo.
II.
Todos decían que la edad avanzada la había consumido. Que sus lagunas mentales era irremediables.
Yo tengo una teoría: cuando la vida llegar a su cima, es momento de bajar. Cuando bajas, lo haces de a pocos: recuerdas buenos momentos, malos también.
Progresivamente, personas de un tiempo pasado vienen a saludarte, a augurarte una vida plena y placentera. Nuestros seres amados se alegran tanto de nuestro ascenso que nos vienen a ver. Nos dan ese amor tan incondicional y noble, ese que habíamos carecido desde hace mucho.
Antes de que mi abuela se apartara de nosotros, recuerdo mucho sus llamados tan penosos a sus padres. Ella estaba a punto de llegar a la sima.
Lo que ella no sabía era que nosotros queríamos conocer lo que ella sentía. Queríamos vivir, y vivir con ella.
III.
- Él ya se está despidiendo –me decían-. Cada vez que viene, se encierra con ella. No la para de mirar. Para él es una cruel verdad; para ella, una exhaustiva mentira.
Era inevitable querer estar al margen de todo esto. Había momentos en que no me permitía verla. No entendía el significado de sus palabras, de sus acciones. No quería abrir los ojos; para mí: nada estaba pasando.
IV.
Cuando aquel manto blanco se posó sobre sus ojos, su cuerpo se hallaba mejor que antes, su respiración estaba cada vez más lenta; y su corazón estaba muy sensible por tanto recorrido; tanta vida, tanto amor y tanto odio.
- Cuando volví, ya ni estaba. No sé que qué momento pasó –decía sollozando-. Era la primera hora de la mañana. Me fui por un momento. Creo que en ese instante, ella se estaba yendo.
Volví luego al cuarto; su cama estaba vacía. Ya no sentía esa aura triste y cansada. Había luz, pero ella no estaba.
V.
A veces reaccionaba, y la mayoría de veces, el tiempo siempre me daba la razón. Yo crecía, pero mis ojos permanecían sesgados. Cuando ella venía a verme, sentía miedo. Ella se sentía triste porque yo no la quería ver. Se iba.
Era muy pequeña cuando me di cuenta que la conocía, que conocía a tanta gente; que esas personas habían vivido tantos años.
A veces la veo sentaba en mi sala, y la recuerdo cuando se quejaba de las moscas que la molestaban, o de que no la acompañaban. Yo no la podía acompañar. Tenía miedo, mucho miedo.
Luego, me di cuenta que no la volvería a ver…
VI.
Es difícil caminar atado, esclavizado; llena de amor y mucho deseo de superación. Es muy fácil rendirse cuando no sabes mucho, cuando agachas la cabeza y crees que la vida es solo para vivirla: si has nacido vivo; es para vivir.
La extraño mucho, y más cuando recuerdo que no hubo tiempo para crecer con ella.
La quiero ver y ya no está. Debo decir que estoy muy orgullosa; que todos los días me siento igual a ella. Que si frustramos nuestros más grandes sueños, es para vivir y realizar otros más grandes. La unión hace la fuerza.
Mapache.