domingo, 8 de julio de 2012

Pedazo



Ayer estuve caminando cerca de la viña más hermosa de toda la zona. Era particular para mí, mi padre vivía a algunos pasos de ahí y yo, después de mucho, retomé el random de ideas para poder concentrarme más lo que en ahora me importaba: la nada.
Pierre era especialista en sacarme una sonrisa. Desde tiempo atrás, conseguía siempre seguirme y así, conversar por horas. Era su pasatiempo. El mío… bueno, yo adoraba tanto verlo caminar.Eugenio a veces me perseguía. Llevaba en la punta de la lengua siempre dos excusas: una que hablaba de la mente y la otra, provenía de corazón. Siempre supe que tenía miedo de perderme. Yo, desde que tengo memoria, lo acariciaba como si fuera un gato dócil y delicado. Él me veía y a veces lloraba. Yo solo atinaba a cantar.
           El último día que permanecí en esa cuidad,  mi padre conversó conmigo muy seriamente. Me habló sobre el compromiso y otros temas de pareja. Yo por momentos quería llorar. Cuando terminó, salí inmediatamente y recordé los dolores de parto. Mientras recorría la viña por última vez, pude ver la puerta principal de la estación. Era negra y con letras blancas. Fue para mí muy impactante, no por el contenido del drama, sino porque cuando bajé la mirada, Eugenio lloraba delante mío, y a su lado Pierre, de rodillas, mirándome fijamente y sosteniendo a Euge de la mano.
No me sorprendió, pero yo también, de repente, me quise quedar. 

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