Ayer estuve caminando cerca de la viña más hermosa de toda la
zona. Era particular para mí, mi padre vivía a algunos pasos de ahí y yo,
después de mucho, retomé el random de
ideas para poder concentrarme más lo que en ahora me importaba: la nada.
Pierre era especialista en sacarme una sonrisa. Desde tiempo
atrás, conseguía siempre seguirme y así, conversar por horas. Era su
pasatiempo. El mío… bueno, yo adoraba tanto verlo caminar.Eugenio a veces me perseguía. Llevaba en la punta de la lengua
siempre dos excusas: una que hablaba de la mente y la otra, provenía de
corazón. Siempre supe que tenía miedo de perderme. Yo, desde que tengo memoria,
lo acariciaba como si fuera un gato dócil y delicado. Él me veía y a veces
lloraba. Yo solo atinaba a cantar.
El último día que permanecí en esa cuidad, mi padre conversó conmigo muy
seriamente. Me habló sobre el compromiso y otros temas de pareja. Yo por
momentos quería llorar. Cuando terminó, salí inmediatamente y recordé los
dolores de parto. Mientras recorría la viña por última vez, pude ver la puerta
principal de la estación. Era negra y con letras blancas. Fue para mí muy
impactante, no por el contenido del drama, sino porque cuando bajé la mirada,
Eugenio lloraba delante mío, y a su lado Pierre, de rodillas, mirándome
fijamente y sosteniendo a Euge de la mano.
No me sorprendió, pero yo también, de repente,
me quise quedar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario